Tenía quince años la primera vez que vi Akira. No entendí ni la mitad de lo que pasaba en la pantalla, pero hubo un instante que se me quedó grabado para siempre: Kaneda corriendo hacia su moto, esa máquina roja que rugía como si estuviera viva. Me quedé sin aire. Nunca había querido algo con tanta fuerza como quise, en ese momento, entender cómo funcionaba un motor.
Desde entonces, todo lo que tenía ruedas me perseguía. Desarmaba lo que encontraba solo para volver a armarlo. Mi mamá me decía que era un desorden; para mí era la cosa más ordenada del mundo. Cada máquina tenía un corazón, y yo quería aprender todo de ellas.
Hoy tengo 41 años. Más de tres décadas después de aquella tarde, sigo siendo el mismo niño: la vida apretó, el sueño se volvió trabajo con las manos, y un día, frente a un local vacío en Valledupar, entendí que ya no estaba persiguiendo la moto de Kaneda. Estaba construyendo mi propio garaje, ese lugar donde las máquinas llegan cansadas y salen brillando, listas para volver a rugir.
No es solo un nombre. Es la promesa de que aquí tu vehículo se trata con el mismo asombro con el que yo, hace más de treinta años, miré por primera vez una máquina y pensé: quiero tenerla y cuidar eso toda mi vida.